Esto de volcar reflexiones tiene su aquel. Es difícil expresar inteligiblemente para los demás las ideas que en un cónclave improvisado se le vienen a uno a la cabeza en algunas ocasiones. Pero nos queda la palabra. Estamos estrenando Gobierno y las noticias al respecto acaparan la actualidad en medios y blogs. Mi apatía escribana se ha disipado con el anuncio del nuevo Ejecutivo.

Siempre he pensado que la mayor virtud de un político -o de cualquier cargo con autoridad-, la cualidad que le da el auténtico carisma en su función, es el sabio manejo del poder político -o del que ostente- orientado al interés general. Tal vez por eso, los políticos mediocres han ido deteriorando una imagen, la del hombre de partido, en aras de conchabeos familiares, clánicos o locales, que han acabado por arrastrarles a las ciénagas del olvido, o de la cárcel. También he pensado siempre, que la mayor rémora de cualquier persona que ostente autoridad es ejercerla sometida a las siglas de la entidad que le patrocina o que gobierna (el partido por encima de todo, la empresa por encima de todo, la patria por encima de todo, dios por encima de todo...) porque las abstracciones encorsetan sin proyecto la gestión y permiten ejercer dictatorialmente, caprichosamente diría yo -que es la más elemental forma de dictadura- un poder que debería orientarse al colectivo concreto, en el momento histórico concreto; lo otro es puro fascio.

Hasta ahora, al menos en mi generación y la de mis mayores, teníamos instalado en nuestro imaginario que el acceso al mando, que los liderazgos, se ganaban como las oposiciones, con mucho trabajo, con gran esfuerzo, con obligadas privaciones y buenas dotes, incluida la inteligencia; y que el concurso de méritos se refrendaba con alcanzar el "número uno" en las lides formativas o curriculares. La transición destronó esta tesis, y la necesidad de pluralismo hizo llegar a la palestra a gente procedente de la clandestinidad, de la lucha en la sombra por la libertad, gente que el régimen franquista había dejado en la cuneta de sus privilegios e inmunidades. Y mira por dónde, estos arribistas rojetes de dudosa capacidad para dirigir ganaron finalmente dejando en la cuneta a bastantes chicos listos, profesionales eméritos que apuntaban maneras, muchos "numerosuno" que se habían preparado para dirigir el país como funcionarios de alto nivel. El advenimiento de Felipe González ("ese oscuro abogado laboralista") fue la defenestración del perfil de dirigente instalado por la derecha española, ese perfil que tanto añora Esperancita y su séquito. Felipe González fue, gracias a la claridad de ideas de Adolfo Suárez y sus artimañas, un regalo para los españoles, y su liderazgo, su presidencia, consiguió entronizar definitivamente a la Democracia en España, cosa que algunos españoles todavía no han digerido y siguen instalados mentalmente en un muerto-franquismo. .

Por Zapatero muchos no daban ni dos duros cuando estaba como líder de la oposición con Aznar, ni siquiera en el PSOE. Zapatero es un resultado de la masacre generacional que entre los socialistas hizo el equipo de Moncloa que acompañaba a González. La "quinta" de Felipe y de Alfonso, acaparó los cargos durante catorce años dificultando la identificación de líderes emergentes, se cargó a la generación siguiente fagocitándola -ahora andan casi todos por las calles de Bruselas y otras capitales multilaterales- y cuando el César cayó abatido por el Brutus que llevaba dentro, hubo un vacío de dirigentes rodados en la administración. Afortunadamente para el PSOE y para España, los encontronazos entre los barones y con tal de evitar que Bono llegara a liderar al partido, emergió el casi desconocido Zapatero. Algunos militantes bien informados y más avezados sin duda en políticas públicas que departieron en las postrimerías de aquel congreso "depurador" del PSOE, decían de él que no era muy inteligente, que parecía "tardo", que se movía en el terreno de las obviedades, que no tenía discurso y que su fluidez verbal era limitada. Pienso ahora, que aquellas críticas estaban fabricadas con el patrón forjado en el ensalzamiento de la meritocracia ¡Vamos! que Zapatero sólo parecía traer en sus alforjas de humilde diputado por provincias en el Congreso, su buen talante y lozanía política ¡Que no era poco!

(Continuará)